Sr. Búho
Sofía, la pequeña y saltarina niña estaba sentada al calor de la
chimenea, con la nariz aplastada en el cristal de la ventana mirando
como la nieve de diciembre caía lentamente. Al expulsar el aire, el
cristal de la ventana se llenaba de vaho, que al cabo de unos segundos
desaparecía.
Despegó la cara del cristal, se frotó la nariz, que se la había quedado
fría y salió disparada hacia el salón en el que su madre leía un libro
diciendo:
-¡Mamá! ¡Mamá!
Cuando llegó, su madre se quitó las gafas, dipuesta a escucharla.
-¡Mamá! ¿Podemos dar un paseo para ver la nieve?- preguntó emocionada.
Su madre sonrió.
-Coge un abrigo grueso y preguntalé al Señor Búho si le apetece venir
con nosotras.- dijo a modo de respuesta con voz dulce mientras cerraba
el libro y le dejaba en una mesilla de madera.
Al cano de unos minutos, las dos estaban en la entrada, con bufandas,
abrigo, botas, guantes, y el Señor Búho, que por lo visto había aceptado
dar un paseo por las blancas calles.
Sofía, caminaba contenta por la calle de la mano de su madre y con el Sr. Búho en la cabeza.
Ya habían andando un buen rato, cuando la madre pregunto:
-¿Te apetece un chocolate calentito?
La pequeña niña la miró y sonrió diciendo:
-Sí.
Y se dirigieron a la chocolatería más cercana.
Cuando llegaron, se quitaron abrigos y colocaron al Sr. Búho en una silla al lado de la niña.
El camarero se las acercó y le preguntó a Sofía:
¿Qué quiere esta niña tan maja?
Sofía miró asustada con sus grandes ojos a aquél señor con bigote y a continuación dirigió la mirada hacia su madre.
El camarero miró también a la madre.
-Dos chocolates y unos churros, por favor.- dijo esta, y el camarero sonrió y se fue.
A los cinco minutos volvió con lo que la madre había pedido diciendo:
-Dos chocolates y unos churros para estas chicas tan guapas.- y se alejó
de nuevo a otra mesa en la que unos señores acababan de sentarse.
Cuando Sofía ya no pudo más, se paró y se apoyó en el respaldo de la
silla con "un bigote de chocolate" como solía decir su madre. Esta se lo
limpió con una servilleta y pidió la cuenta.
Al salir, el mismo camarero que las atendió se volvió a acercar a la chiquilla y la dijo:
-¡Que gorrito tan bonito!- señalando al Sr. Búho,y la tendió una piruleta que ella aceptó.
Esta vez, Sofía sonrió, y cuando salía por la puerta, se volvió hacia el mostrador y le dijo adiós con la mano.
Ya en la calle Sofía agitó la piruleta y le dijo a su madre orgullosa:
-El señor de bigote me ha dado una piruleta.- sonrió.
-¡Que bien!- dijo su madre.- ¿Quieres que te la abra para tomarla ahora?
La niña respondió asintiendo, y mientras su madre se la abría, miraba a la piruleta con ojos de deseo.
En cuanto su madre se la dio, ya sin el plástico, la cogió y se la metió a la boca.
-Mmm... Sabe a fresa.- pensó, y subió la mano con la piruleta a la altura de la cabeza para que el Sr. Búho también la probara.
Cuando volvió a bajarla, se había llenado de lana y la cara del Sr. Búho estaba pegajosa.
Cuando se acabó la piruleta decidieron ir volviendo a casa, aún les quedaba un largo camino de vuelta.
Cuando llegaron a la entrada de la casa estuvieron un rato apartando la
nieve de la entrada y quitándose la nieve del abrigo. Sofía mientras
acababa de entrar en casa pensó quitarle la nieve también al Sr. Búho,
no fuera a coger un constipado. Pero, cuando se palpó la cabeza empezó a
sollozar, su madre estaba preparando la cena y no la oyó, pero de lo
disgustada que estaba continuó llorando, cada vez más alto. Cuando su
madre la oyó por fin, corrió alarma a ver lo que le ocurría a la niña.
Esta se señaló la cabeza diciendo:
-El Sr. Búho ya no está, se a ido.- y rompió a llorar. La madre la estrechó entre sus brazos.
-Ahora volvemos a salir a la calle a buscar al Sr. Búho.- la susurró al oído.
Y salieron a ver dónde se había metido su amigo con la cara pegajosa.
La
madre abrío la puerta, y una fuerte ráfaga de viento las azotó en la
cara. Con los ojos entrecerrados por el viento y lágrimas en las
mejillas, Sofía se adentró de nuevo en las frías calles de Madrid.
-En la chocolatería no se quedó porque al salir, tu le ofreciste piruleta. - dijo su madre pensativa.- ¿Cierto?
La pequeña asintió recordando como de peluda había quedado su piruleta, y sonrió levemente.
-Porlo que -dedujo la madre.- le predimos en el camino de vuelta.
A Sofía se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas. Su madre la abrazó de nuevo y la besó la cabeza.
Andaron y andaron, pero el Sr. Búho no aparecía por ningún lado. Cada vez que pasaba una calle más sin encontrar a su amigo, a Sofía le brotaba una nueva lágrima de los ojos.
Pasaron por la librería preferida del Sr. Búho, en ella había colgados del techo con unas cuerdas plateadas, búhos de todos los colores y texturas imaginables. Sofía se sentó en la escalera de priedra de la entrada del local.
-¡Que escaleras más mullidas! - pensó. Luego, recapaciró lo que acababa de pensar.- Escaleras, piedra, mullida....
Miró donde acababa de sentarse y encontro a.... ¡¡EL SR. BÚHO!!
La niña lo miró con sus grandes ojos verdes y le abrazó lo más fuerte que pudo.
Se lo dijo a su madre, y esta, contenta, le limpió el "pico" al Sr. Búho que aún le tenía pegajoso.
¡Claro! Habías pasado por esa calle al volver y Sofía se había quitado un momento el gorrito. Le abrazó de nuevo sonriendo.
Esa noche durmió abrazando al Sr. Búho bajo lla bonita colcha de búhos que cubría su cama.
Nunca más volvería a perderlo.
-En la chocolatería no se quedó porque al salir, tu le ofreciste piruleta. - dijo su madre pensativa.- ¿Cierto?
La pequeña asintió recordando como de peluda había quedado su piruleta, y sonrió levemente.
-Porlo que -dedujo la madre.- le predimos en el camino de vuelta.
A Sofía se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas. Su madre la abrazó de nuevo y la besó la cabeza.
Andaron y andaron, pero el Sr. Búho no aparecía por ningún lado. Cada vez que pasaba una calle más sin encontrar a su amigo, a Sofía le brotaba una nueva lágrima de los ojos.
Pasaron por la librería preferida del Sr. Búho, en ella había colgados del techo con unas cuerdas plateadas, búhos de todos los colores y texturas imaginables. Sofía se sentó en la escalera de priedra de la entrada del local.
-¡Que escaleras más mullidas! - pensó. Luego, recapaciró lo que acababa de pensar.- Escaleras, piedra, mullida....
Miró donde acababa de sentarse y encontro a.... ¡¡EL SR. BÚHO!!
La niña lo miró con sus grandes ojos verdes y le abrazó lo más fuerte que pudo.
Se lo dijo a su madre, y esta, contenta, le limpió el "pico" al Sr. Búho que aún le tenía pegajoso.
¡Claro! Habías pasado por esa calle al volver y Sofía se había quitado un momento el gorrito. Le abrazó de nuevo sonriendo.
Esa noche durmió abrazando al Sr. Búho bajo lla bonita colcha de búhos que cubría su cama.
Nunca más volvería a perderlo.
By: Julia.
De el blog: http://mimochiladecuero.blogspot.com.es/
Precioso relato, no es de extrañar que haya quedado el primero, ¡felicidades, Julia! :D
ResponderEliminarPD.: gracias, Marina por retirar lo copiado.
Gracias Marina ♥!!
EliminarY gracias a Marina la otra por ponerlo primero! jajaja ;)
Besitos!